LOS VISITANTES

Hace un mes me preguntaron cuál era mi mayor miedo y me descubrí contestando de forma rápida y directa:

«Mi mayor miedo es volver al punto donde estaba hace cuatro años»

Mi sorpresa fue grande al escuchar mis propias palabras y con ellas sentí que me crecían alas. No te puedo contar una historia donde mi vida anterior fuera super exitosa o super dramática ni nada por el estilo. Simplemente trabajaba para un empresa donde era mileurista y hacía el horario que estipulaba la empresa entregando a cambio mi valioso tiempo de vida. Eso fue suficiente.

Entonces, ¿dónde estaba yo hace cuatro años que tanto miedo me da aún hoy?

Hace cuatro años fui consciente de mi propia jaula o rueda de hámster. Un trabajo que me gustaba convertido en algo que empezaba a odiar por no respetar mi propio ritmo interno y una falta de coherencia entre mis valores y los de la empresa. Mi cuerpo se reveló a pesar de mi mente y me llegó una oportunidad de escucha por una lesión. Aquí entra la clave de todo: el Autoconocimiento. Dejar de escucharme, o más bien no haberlo hecho nunca, es lo que detonó la explosión interior. Nuestra educación y condicionamientos sociales alientan y aplauden una vida externa con un derroche energético dirigido en mayor porcentaje hacia el entorno. Eso es lo normal, lo que hay y punto.

La espiritualidad, las emociones, valores, los diálogos internos, intuiciones, feeling…no se ven, no se tocan y son nuestras asignaturas “Marias”. Sin embargo, todo eso que no se vé y que no se toca mueve todas nuestras acciones de forma inconsciente queramos o no.

Todos sentimos muchas “cosas” dentro, “sabemos” y algunos no escuchamos o racionalizamos y eso es lo que yo hice por largo tiempo. Así que decidí aprovechar que mi cuerpo paraba para escucharme y, estaba claro que, ¡tenía mucho que decirme!. 

Al permitirme escucharme llegaron los visitantes: El primero fue Rabia. Rápida roja y enérgica como un huracán y ahí estuvo el tiempo que necesitó para contarme todo lo que yo no quise escuchar antes. Unos meses después ya no vino más y me sentí realmente extraña pues me había acostumbrado a su presencia y a sus detonaciones. Entonces llegó la vanidad espiritual, ¿Me habré convertido en un gurú?, tranquilos duró lo que tardó en llamarme mi madre. Y entonces me dí cuenta que mi ira seguía ahí esperando la ocasión para visitarme. Sin embargo, algo cambió, ya no era igual porque yo sabía que mi ira estaba ahí y ella también supo que la escuchaba. Resulta que solo era necesario mirarla y dejarla su lugar para llevarse bien. Mi ira fue mi primer inquilino, fue fácil entender sus necesidades. Es directo, paga bien y a tiempo.

En este punto vino a visitarme Miedo y confieso que aquí sí que sentí temor. Nunca había hablado con el miedo sólo había reaccionado a él. Te pondré un ejemplo:

“Recuerdo que la antigua casa de mis padres era un piso con un pasillo que para una niña de ocho años podía ser muy largo y oscuro tras ver una película de miedo con sus hermanos mayores. Al terminar este tipo de películas nunca comentaba mi miedo, más bien al contrario, y decidía que si me daba miedo era para recorrerlo demostrando así mi fortaleza y coraje. Ahí estaba yo, diciéndome con mis piernas temblorosas: «si hay algo ¡sal! que yo ya estoy preparada para combatirte…» Y caminaba más lento que en ninguna ocasión. Nunca se me ocurrió confesar a mis hermanos que tenía miedo y que prefería que me acompañasen.”

Este es un ejemplo simple de mi relación con el miedo y cómo desde bien pequeña era un «algo» inconfesable y que si existía estaba claro que era para enfrentarlo. En este punto de la visita no te diré que fueron meses de escuchar al visitante, aquí puedo decirte que mi miedo y yo nos fuimos de crucero con gastos pagados y recorrimos grandes aventuras. Resulta que mi miedo ahora es un gran consejero y en algunas ocasiones me hace reír porque es muy muy agudo y le encanta jugar al escondite. Realmente tiene una sabiduría ancestral que me deja perpleja. Mi miedo ahora está enseñándome las habilidades ocultas tras de sí y ya me ha adelantado que necesitaré muchas más vidas para aprender todo lo que me tiene reservado. Al igual que con Ira resulta que Miedo solo quería que le escuchase y le dejara ocupar su lugar. Mi miedo está contento con la habitación en la que le he alojado y le encanta, como a mi, nuestras tertulias nocturnas. La verdad es que a veces se enrolla mucho e incluso confieso que me dejo liar aunque reconozco que siempre aprendo algo nuevo con él.

Dos años después de que Ira y Miedo entrasen en mi vida y ocuparan su correspondiente habitación en mi hogar, llegó un nuevo invitado del que no sabía absolutamente nada y del que realmente notaba que mi entorno y yo huíamos como de la peste: Tristeza. No quiero ni pensar cuántas veces le habré dado un portazo a Tristeza sin darme cuenta ¿o más bien muy conscientemente?. Creo que tristeza se escondía en el sótano. Tristeza huele, no es un olor desagradable sino inodoro e insípido, es un olor a densidad. Antes de llegar te avisa con su olor para hacerse sitio y preparar su mantita y sus cojines. Tristeza no me da miedo, ni me exalta. Ira me dio energía, Miedo me cuidó y tristeza empezó a arroparme. La sentí como una tarde lluviosa con ese chocolatito tan rico que disfrutas mientras reflexionas y todo se pone en su lugar disfrutando de planear el nuevo día que llegará. A veces, Tristeza me prepara un chocolatito demasiado denso y le doy las gracias diciéndole que a mi me gusta un poquito más clarito. Entonces ella entiende que es hora de retirarse y se despide de mí dejando que me añada un poquito más de leche. Resulta que tristeza tampoco quiere nada más que la miren y le dejen preparar su chocolatito. Tristeza es una inquilina muy servicial y siempre dispuesta a cocinarme algo rico.

Hay otra presencia que siempre está alrededor aunque yo no sentía que tuviera que sentarme a hablar con ella. ¡Qué ilusa soy!, ella es como un duende revoloteando y no para quieta. Tardé en nombrarla y sentarme a hablar con ella aunque esta vez sí tenía claro quién era: Alegría. Ella es como una luz fugaz e inatrapable, siempre rápida y por ello tan preciada. Alegría tiene un buen publicista, ella lo sabe y lo usa. Siempre existe, como todos los demás, y también quiere su lugar y que la mires pues es muy muy coqueta. Curiosamente es una de las que más guerra me dan. Ella pide mucho sitio y a veces no deja espacio a las demás. Alegría vuela rápido para que pienses que la puedes perder y crearte dependencia. Muchas veces me detengo a hablar con ella porque no comprende que no necesita pavonearse todo el tiempo. Entiendo que no lo lleva bien pero ya comprende que ella no tiene el protagonismo del hogar y que los demás visitantes saben hacer cosas que ella no sabe. Ahora ha aprendido a permitir que todos estén en la misma casa moviéndose libremente tal como ella hace. A Alegría le gusta exhibirse, así que le dejamos su espacio aunque yo creo que ya está madurando, y ahora ha aprendido a hacer coreografías para que todos juntos las bailemos.

Muchos nuevos visitantes entran y salen de mi casa aunque es cierto que a veces intuyo que son ira, miedo, tristeza y alegría montando una fiesta de disfraces. Ira sigue dándome la energía, Miedo su sabiduría, Tristeza su comprensión y Alegría su luz.

¿Qué tal te llevas con los visitantes de tu hogar? ¿Tienen su espacio para hablar o siguen en una jaula? o ¿sólo quieres que te visite uno de ellos y niegas la entrada a los demás?

Aprovecho para agradecer a Oscar Hernández su colaboración con imágenes que consiguen captar siempre aquello que deseo transmitir.

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